lunes, junio 24, 2013

RECLAMOS DOCENTES Y RESULTADOS EDUCATIVOS


Por estos días los docentes, haciendo uso de legítimos derechos consagrados constitucionalmente, estamos reclamando a escala nacional una serie de elementos esenciales para nuestra educación pública. No se trata de una demanda novedosa, en absoluto, pues el reclamo de salarios dignos y condiciones de trabajo mínimas es el que a lo largo del siglo XIX los obreros exigieron ante las durezas generadas por la industrialización. Salvando las distancias históricas son reivindicaciones del siglo XIX en pleno siglo XXI, realidad reveladora de lo provisorias que son siempre las conquistas sociales.
No es tampoco una exclusiva demanda para satisfacer meros intereses corporativos sino que incluye a nuestros estudiantes, razón de ser de nuestra educación, claros beneficiarios de locales dignos, profesores medianamente bien remunerados -que logren concentrar sus horas de trabajo en un centro educativo- y mayor personal para atenderlos satisfactoriamente, entre otros aspectos. Sin embargo desde el sistema político, en términos generales, las señales no resultan de momento auspiciosas. Persiste esa errónea e interesada idea de culpar exclusivamente a los docentes por la grave crisis que atraviesa nuestra educación, pauta cultural que a mi juicio data de la época colonial y consiste básicamente en acusar a los otros de todos los males pero no asumir los propios. No pretendo quitarnos responsabilidades de encima, que las tenemos y no me pesa reconocerlas en lo más mínimo. Pero lo que resulta injusto e inaceptable es que se nos considere como los únicos responsables o, peor aún, que algunos corten la piola por el lado más fino culpando solo a los docentes para ocultar sus gruesas responsabilidades. El sistema político en general y las familias también juegan también un rol central, son actores de primer nivel que deben asumir lo que les toca, por cierto una porción nada desdeñable. Si no asumimos que la existencia del problema y nuestra responsabilidad, ¿cómo lo solucionamos?. ¿Por cuánto tiempo más vamos a negar la grave crisis del mundo adulto que repercute tremendamente en los desempeños de nuestros estudiantes?. ¿Seguiremos negando que una educación excesivamente atada a los vaivenes político-partidarios obstaculiza los cambios necesarios?.
El vicepresidente de la República embarcado en el fácil discurso de culpar exclusivamente a los docentes exige resultados sin comprender que estos por sí no pueden resolver mágicamente los problemas de la educación. Los gobernantes deben cumplir con las funciones que se les ha encomendado (y por la que reciben una remuneración bien interesante) garantizando primero condiciones mínimas para poder educar a nuestros estudiantes, locales en condiciones, salarios dignos, etc. Mas aún los que tienen a su cargo la conducción económica del país y deben definir prioridades. ¿Cuántos liceos se pueden construir con lo que va a salir el Antel Arena?.
Escuchamos en forma permanente la superficial y errónea idea de que la educación, mágicamente, puede resolver por sí todos los problemas sociales. La realidad es bien diferente: es necesario garantizar primero condiciones mínimas de educabilidad para que los procesos de enseñanza y aprendizaje sean una realidad. El orden de los factores altera el producto. En la mentalidad colectiva de los uruguayos subsiste la imagen de una educación decimonónica, agente del disciplinamiento, que cumplió la fundamental y titánica tarea de alfabetizar a la población y generar un sentimiento de nación, construyendo identidad colectiva y ciudadanía. Hoy la realidad es bien diferente, estamos en una época inédita que ha generado peculiares desafíos y no podemos encarar problemas inéditos con recetas viejas. Nuestra educación secundaria continúa sin comprender la enorme diversidad de jóvenes que tras la masificación tiene en sus aulas, ese es uno de los mayores desafíos pero debemos por fin asumir que la educación es un fenómeno social y por tanto son múltiples los factores que en ella intervienen.
En sintonía con el concepto de la educación como elemento mágico, capaz de modificar por sí el punto de partida adverso de nuestros jóvenes más vulnerables, tiempo atrás el propio Presidente Mujica en medio de una verdadera emergencia edilicia exigía a los docentes dar clases incluso bajo los árboles, propuesta inaceptable y fuertemente reveladora del tradicional y caduco concepto de la educación. La realidad es que mientras no se logren las condiciones mínimas de educabilidad nuestra educación pública seguirá reproduciendo las desigualdades sociales de origen que traen nuestros estudiantes.
Lo explicitado no implica desconocer los esfuerzos presupuestales de los últimos años, estos son indiscutibles pero no es menos claro que resultan a todas luces insuficientes para contemplar las exigencias más básicas. Creo que hemos aprendido una lección: no es solo una cuestión de cantidad de recursos (que siguen faltando) sino también de calidad del gasto educativo.
Los docentes no pretendemos el oro y el moro, por el contrario, nuestra humilde pretensión es llegar apenas a poder adquirir con nuestros salarios la mitad de la canasta básica de alimentos y trabajar en liceos que no se lluevan o tengan peligro de derrumbe, con vidrios, instalación eléctrica en condiciones (para que las TICs puedan utilizarse) o los cargos mínimos para atender a nuestros estudiantes como se merecen, entre tantos otros. Pretendemos se comprenda que realizamos un trabajo de corrección y planificación de clases invisible y no valorado que se suma a las actividades cotidianas. ¿Por qué cada vez menos jóvenes optan por la docencia?. No es solo un problema de vocación, que existe y es real, sino también de remuneración y oportunidades. Cualquier otro cargo, incluso en la órbita estatal, resulta redituable, mucho menos estresante y sobre todo más valorado socialmente. La opinión pública olvida que los docentes debemos lidiar con una compleja realidad social sin contar infinidad de veces con equipos profesionales indispensables como psicólogos o asistentes sociales.
Cuando le damos visibilidad a estos asuntos muchos actores se valen de un recurrente y perverso discurso que, basado en lo vocacional de la docencia, exigen el mayor de los esfuerzos a cambio de poco o nada. Se pretende que, siendo la docencia una actividad vocacional, debamos renunciar a nuestra condición de trabajadores y los derechos de que somos portadores para aceptar mansamente cualquier condición de trabajo. Resulta inaceptable ese perverso discurso, utilizado en forma recurrente como he dicho. Somos docentes pero también ciudadanos y trabajadores portadores de fundamentales derechos y estamos luchando por ellos.
Muy humildemente sugiero modificar ese pensamiento que tiende a culpabilizar de todo a los docentes y adoptar una posición madura, con tonos de grises en lugar del dicotómico blanco y negro, y considerar que puedo exigirles a los profesores resultados si las condiciones de educabilidad mínimas están garantizadas, asumiendo la condición de problema social que tiene nuestra educación actual.
¿Cómo lograr mejores resultados si el personal docente recibe bajos salarios y debe cumplir funciones en pésimas condiciones laborales?. El docente para acceder a un salario decoroso debe adoptar el nomadismo como norma de vida, desplazándose de un centro educativo a otro, con clases de 45 minutos, siendo muchas veces casi un perfecto desconocido para sus alumnos. Del mismo modo, ¿cómo contemplar la diversidad de estudiantes, sus gustos, intereses y formas diferentes de acceder al conocimiento?. Resulta imposible exigir a un docente contemplar la riquísima pluralidad que tiene en sus aulas si para lograr un salario digno debe tomar muchísimas horas de clase y trabajar en diversos centros educativos. Al respecto señalaba en 1927 el Dr. Antonio Miguel Grompone, uno de los mayores intelectuales con que contó el país, docente, abogado, filósofo, fundador del IPA, Decano de la Facultad de Derecho: "enseñanza que sea solamente repetición de lo hecho no tiene valor; enseñanza que no haga nacer una experiencia personal en el alumno, es ineficaz" y denunciaba la incidencia de "la situación de los profesores, los malos sueldos, teniendo que dispersar su actividad en distintos sentidos para poder subsistir" y explicaba que "no es posible en 45 minutos de clase, con una cantidad de alumnos que pasa de 40 por clase, seguir el desarrollo mental de cada adolescente (...) se puede juzgar el almacenamiento de conocimientos pero no la manera como se adquieren esos conocimientos"*. Lo decía hace 86 años y su actual vigencia habla muy fuerte.
Opino que una de las claves para transformar la educación está en asignarles roles a nuestros estudiantes, en permitirles adquirir conocimientos para hacer por sí y transformarse en seres libres. Eso se logra garantizando primero condiciones dignas de trabajo y estudio.
El sistema educativo no da oportunidades ni exige a sus docentes cursos de perfeccionamiento, fundamentales en un mundo donde el saber avance a pasos agigantados y cambia constantemente, y solo considera válido para el ascenso escalafonario la antiguedad laboral. ¿Cómo puede cambiar la educación si sus cuadros docentes no tienen la posibilidad de constante perfeccionamiento pedagógico y disciplinar?.
Por razones de espacio dejo por aquí estas reflexiones que pretenden poner sobre la mesa una perspectiva que hasta ahora muchos se empeñan en negar u ocultar. Si la educación es verdaderamente prioritaria todavía estan a tiempo de demostrarlo.

Prof. Federico Olascuaga
Docente de la educación secundaria pública uruguaya


* Grompone, Antonio M. (1930) "Conferencias pedagógicas" Ed. Máximo García. Mdeo.